La editorial en guerra

La llegada de la guerra civil supuso un cambio importante en los planes del editor. Tras el asesinato de José Calvo Sotelo (13 julio 1936) “fue detenido durante cinco días en la cheka de Vallecas y tres más en la Dirección General de Seguridad por haberse encontrado una carta del declarante en la que condenaba el asesinato del Sr. Calvo Sotelo y daba el pésame a la familia”:

[…] A los que habían detenido fué por las mismas razones que luego me detuvieron a mi: por haber dado el pésame a Leopoldo Calvo Sotelo por la muerte de su hermano. El era el secretario de la Cámara del Libro y yo presidente o vicepresidente. Esas cartas de pésame cayeron en manos de los rojos, y nos detuvieron a todos, entre ellos a Perlado, de Hernando, Perlado y Compañía; al director de un hotel… ¡En fin!… Debíamos ser quince o veinte.
[…]
—A todos se los llevaron a fusilar a Paracuellos del Jarama. Yo no tomé parte en la expedición. Uno de los correctores que yo tenía, un tal Quemades, bellísima persona, era subsecretario. Mi mujer tuvo tiempo de avisarle, y vino a la Dirección General de Seguridad y le dijo al director que le presentaba la dimisión y renegaba de todo si no me ponían en libertad, porque yo no me había mezclado en nada y porque sabía que yo era un hombre apolítico; dedicado solamente a mis asuntos editoriales. Esto le decía Quemades al director de Seguridad, que se llamaba Muñoz, quien, tras larga discusión, accedió a dejarme en libertad.

El 30 de diciembre de 1936, el Sindicato Único Mercantil le envió la orden de incautación: En algunos casos, la intervención y aun la incautación fueron hechas de común acuerdo entre el patrono y los empleados y obreros, para salvar a la empresa de la rapacidad de elementos ajenos a ella. Así ocurrió en Madrid y sobre todo en Cataluña y otras provincias de Levante. Pero en mi circunstancia la intervención resultó drástica: Rebecca fue despedida, pues tenía un cargo en la editorial, y me fueron asignadas trescientas pesetas semanales de salario.

Para todos los interesados en este tema, el testimonio sobre la pérdida de su negocio quedó recogido tanto en la entrevista con Marino Gómez Santos, como en su libro de memorias.

En lo que respecta a la imprenta que fundó con Bolaños, esta se consideró arma de guerra: «Minervas, máquinas planas, rotativas, linotipias trabajaron en la guerra quizás más que las ametralladoras, la artillería ligera y los aviones de bombardeo. Las nuestras fueron desparramadas por toda la geografía de la zona republicana».

Durante este periodo, según los datos que he podido recopilar, su actividad editorial se vio reducida a diez títulos impresos en diferentes talleres, siendo la mayoría de ellos reediciones.

En 1937 apareció la biografía de Disraeli, por André Maurois, incluida en la Colección La novela de los grandes hombres. El volumen se imprimió desde los talleres de la Nueva Imprenta Radio, de Madrid.

Dentro de la Biblioteca de Ideas y Estudios contemporáneos, en 1938 se reeditaron las siguientes obras: La tragedia biológica de la mujer, de S. W. Nemilow; Historia de las doctrinas económicas, de René Gonnard y La mujer. Conversaciones e ideario recogidos por Margarita Nelken, de Santiago Ramón y Cajal, todos ellos sin figurar lugar de impresión. Ese mismo año, como título independiente se publicó: AK y la humanidad, de Halma Angélico.

Libro Cajal

En cuanto a las colecciones en papel biblia, solo se reeditaron 4 volúmenes, pertenecientes a Joya: las Obras poéticas completas de Ramón de Campoamor, al inicio de la guerra; las Obras completas de Gustavo Adolfo Bécquer y las Obras poéticas completas de Rubén Darío, en 1937; y el Romancero español, en 1938. Como novedad, en los tres últimos se redujo el tamaño (14 x 10 cm) y su encuadernación adquirió un formato más austero, propiciado por la necesidad de abaratar los costes, imprimiéndose en los talleres madrileños de ALDUS, Consejo Obrero. Aquí también, en 1938, se imprimió las Meditaciones de San Agustín, sin pertenecer a ninguna colección.

Aunque ya se ha comentado en otras entradas, no tenemos que olvidarnos que marzo de 1937 Manuel Aguilar se inició como librero, puesto que no era seguro permanecer durante más tiempo en el barrio de Argüelles. En esos momentos la editorial estaba desmantelada, la imprenta ocupada y los libros almacenados. Su esposa se puso al frente del establecimiento del Paseo de Recoletos, 3 y él instaló su segunda librería en el nº 24 (en esa época nº 22) de la calle Serrano.

El Comité y yo buscamos locales para albergar los libros y las oficinas. El problema de nuestro piso lo resolvimos tras seis evacuaciones a domicilios de familiares y amigos. Nuestro último refugio, antes de la liberación, fue un hotel de la Colonia de Bellas Artes, en el que tenía sus oficinas la Oficina Internacional del Trabajo, con sede en Ginebra.

Encontramos un local en el paseo de Recoletos y luego otro, en la calle de Serrano, esquina a Jorge Juan, donde hoy se halla instalada una de mis librerías. Resultaba más fácil alquilar locales céntricos que encontrar medios de transporte para los libros y enseres. Todos los vehículos de motor habían sido requisados por las milicias, ateneos, radios, círculos y sindicatos. Contratamos veinte carritos, unos tirados por borriquillos y otros a mano. El traslado, en sí mismo, con tan exiguos medios de transporte, sería lento y penoso… Pero resultó una hazaña. La calle del Marqués de Urquijo estaba, según he señalado, batida por las tropas nacionales. Por su pendiente pronunciada desde Rosales a la calle de la Princesa, ofrecía perfecta visibilidad a los tiradores. Se percibía el eco de los disparos repercutiendo en la línea de laderas de la Casa de Campo y en los desniveles del Parque del Oeste. Teníamos la viva sensación de hallarnos en pleno combate, y el silbido de algunas balas de fusil y el aullido de alguna que otra bala de cañón que pasaba por encima de los tejados y estallaba a derecha o izquierda en el interior de alguna casa, daban autenticidad al peligro. Mi mujer y yo, especialmente ella, trabajamos por todos juntos. Para los demás, lo que fue transportado en numerosos viajes no era más que el papel impreso; para mí constituía una parte esencial de mi vida.

Paseo de Recoletos

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2 comentarios en “La editorial en guerra

  1. Es asombroso que Manuel Aguilar pudiese editar algún libro durante el periodo de la guerra, aunque se tratase de reediciones en su mayoría. Creo que también reeditó en 1937 la “Breve historia del mundo” de H. G. Wells.

  2. Resulta asombrosa la actividad editorial en España durante la guerra civil. Pensar en Bécquer, en Campoamor o en Maurois en esas circunstancias… Eso era también heroico y no deja de sorprenderme.
    Valiosa información, muy buen trabajo, gracias por compartirlo.

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