Avisos 69

El nº 69 boletín Avisos que trimestralmente publica la Real Biblioteca de Palacio (Madrid) se hace eco del libro sobre la historia de la editorial Aguilar y nos dedica un extenso artículo (casi tres páginas) que os dejo a continuación:

Poco a poco, la industria del libro español en el siglo XX va encontrando sus redactores. Es, sin duda, una buena noticia para los interesados en la historia cultural y social de la librería española más reciente, cada vez mejor atendida, con estudios, quizá, demasiado diversificados pero que van componiendo un panorama día a día más clarificador de la cultura española escrita y producida en el siglo pasado. Esfuerzos compilatorios como el representado por la Historia de la edición en España 1836-1936 [Madrid, Marcial Pons, 2001], dirigida por Jesús A. Martínez Martín –con una anunciada continuación–, y útiles compendios como el de Botrel [Libros y lectores en la España del siglo XX, Rennes, JFB, 2008] son aportaciones meritorias para interpretar, a través del libro y su circulación, el panorama cultural de una España de memoria aún cercana.

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Entre el creciente número de títulos surgidos en la última década en torno al libro español del XX, no abundan, sin embargo, los dedicados a reconstruir la peripecia editorial de una casa de libros concreta, ni siquiera de una de las grandes. La excepción está doblemente representada por las investigaciones de Philippe Castellano, que ha dedicado su tiempo a referir el proyecto editorial de Espasa [Madrid, Espasa Calpe, 2000; reseña en Avisos 28, enero-marzo 2002] y el de Salvat [Sevilla, Iberoamericana-Vervuet, 2010; reseña en Avisos 61, mayo-agosto 2010], este último a través de la publicación del epistolario de los hermanos Fernando y Santiago Salvat Espasa. La obra que ahora María José Blas Ruiz dedica a la editorial Aguilar se suma a esta corriente, aún precaria, de hacer historia del libro sin descuidar las implicaciones sociológicas de la lectura y los canales de difusión de los textos teniendo como guía el examen de la producción bibliográfica de una casa editorial y sus estrategias comerciales. Hacerlo con las colecciones literarias de Aguilar es, de paso, ocuparse de una librería española cuya gravitación entre libreros y lectores desborda su propio tiempo, el del medio siglo largo que abarca de 1923 a 1986, porque aún perdura. Si el coleccionismo es otra de las derivaciones de la historia del libro, la editorial Aguilar es responsable de copiosas vocaciones bibliófilas que están lejos de extinguirse.

Por lo demás, y a la vista de la revolución que las artes del libro y su difusión están experimentando, los ejemplares supervivientes de Aguilar representan hoy uno de los testimonios más elocuentes de una forma de concebir la edición y distribución de textos tal como la hemos conocido, con pocas variaciones verdaderamente decisivas, desde la invención de la imprenta hasta la actualidad.

La historia de la editorial Aguilar concebida por María José Blas Ruiz tiene por centro a la figura de su fundador, Manuel Aguilar Muñoz (1888-1965). Junto a él, se destaca la presencia de su mujer, Rebecca Arié, responsable directa de labores administrativas en los comienzos de la editorial y consultora perenne de las decisiones más importantes en la historia de Aguilar. La figura de Rebecca Arié, a quien don Manuel conoció en París en 1912, cuando trabajaba como corrector y traductor para Louis Michaud, parece venir asociada también a otra revelación de aquellos días: el descubrimiento de la literatura universal decimonónica y contemporánea que nutría el catálogo de Michaud y que don Manuel acabaría convirtiendo en rasgo distintivo del fondo editorial que, bajo el nombre de «M. Aguilar, Editor», fundó en 1923.

La vida libraria de Manuel Aguilar que cabe en las páginas aquí comentadas deriva, fundamentalmente, de las memorias que el propio editor publicó en 1964 con el título de Una experiencia editorial. A esta fuente biográfica inexcusable, añade Blas Ruiz abundante material archivístico y el testimonio de una larga entrevista concedida por Manuel Aguilar a Marino Gómez-Santos, publicada en el diario Pueblo en 1959. La inserción en el texto de abundantes párrafos extraídos de las memorias dan idea del proyecto de don Manuel y, mejor aún, de su actitud hacia el libro y la cultura. Particularmente revelador del espíritu regeneracionista con el que Aguilar puso en marcha su empresa es un testimonio correspondiente a los años angustiosos de la Guerra Civil: Mi obra se deshacía, iba aniquilándose, pero constituía una semilla. En los hospitales, en las trincheras, en los cuarteles, en las cárceles y en las embajadas, como en las habitaciones sin lumbre y bastantes veces sin pan, los libros que ostentaban la lamparilla de aceite con el Tolle, lege, enseñaban, distraían, elevaban. Eran alivio de congojas y penurias, y despertaban anhelos nuevos. Me sentí orgulloso de mi profesión de editor. ¡De editor arruinado! (pág. 46).

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Aparte de un entusiasmo a prueba de toda adversidad, se percibe en la peripecia editorial de Manuel Aguilar un afán continuo por ofrecer un fondo de calidad asegurado por el prestigio de los autores elegidos para integrar las diversas colecciones y por el interés en aplicar las novedades técnicas que la industria del libro va incorporando, tanto en producción como en encuadernación.
La creación de series literarias –Obras Eternas, Joya, Breviarios, Crisol y Crisolín, Biblioteca de Premios Nobel, Biblioteca de Autores Modernos, etc– favorecería una especialización en la lectura que, con el paso de los años, permitió alumbrar sectores desatendidos –el ensayo científico, por ejemplo–, o abordados con exceso de melindres, como era el caso de la literatura infantil y juvenil. En lo que se refiere a este género, la creación en 1955 de la colección «El Globo de Colores», dirigida por Antonio Jiménez-Landi, supuso un revulsivo para la creatividad artística que halló, particularmente en el terreno de la ilustración, un espacio por donde crecer y desarrollarse. En el campo estricto de las letras sirvió para que Juan Ramón Jiménez con Platero, Cervantes con las Novelas ejemplares, Berceo con los Milagros de Nuestra Señora y una inspirada serie de títulos recopilatorios sobre historia de España, cancioneros infantiles y viajes por el mundo, crearan entre los jóvenes lectores una conciencia de tradición literaria nacional pero libre de patrioterismo. Al margen de esta colección orientada a un público de lectores incipientes, la serie «Crisol» ya incluía nombres particularmente útiles en la educación lectora más precoz, aunque no fueran percibidos como escritores de vocación exclusivamente juvenil. Pero lo cierto es que Stevenson, Dickens, Kipling, Defoe, Swift, Walter Scott, Rider Haggard, Mark Twain o H. G. Wells contribuían con sus criaturas literarias y sus paisajes a aliviar un imaginario juvenil castigado hasta entonces a leer monsergas moralizantes recitadas por personajes de nombre rutinariamente diminutivo. La actitud de Aguilar a lo largo de su carrera parece, pues, una aplicación consciente del ideal expresado por otro editor admirable, Rafael Calleja, en El libro español [1922, 67]: «Puede y debe el editor seguir atentamente el movimiento de la literatura universal, descubrir las lagunas que haya en el propio país y tratar de remediarlas, ora estimulando la producción nacional, ora haciendo verter de otros idiomas los libros ya existentes y difícilmente superables con los elementos propios».

Otra de las grandes aportaciones de Manuel Aguilar en su doble condición de editor y librero, afectó a la forma de distribución del libro. Las primeras experiencias al respecto corresponden a su etapa en la Sociedad General Española de Librería (SGEL) de la casa francesa Hachette, distribuidora de periódicos y libros y concesionaria a partir de 1914 de una red de librerías de ferrocarriles.

Pasada la guerra, Aguilar optó como vía adicional de distribución por la venta directa al público valiéndose con frecuencia de maestros y funcionarios excarcelados.
El complemento a esta biografía, inseparable de la historia del libro en el siglo XX, lo conforman las secciones dedicadas a la producción editorial de Aguilar, organizada por colecciones, de suerte que la obra de Blas Ruiz se convierte también en un catálogo de títulos bien estructurado cuya consulta será imprescindible entre los interesados en localizar obras concretas. Las principales series en papel biblia y encuadernación en piel que todos identificamos con Aguilar se abordan individualmente, se refieren su génesis y su evolución, se describe su aspecto formal y se enumeran los títulos que cada una llegó a acoger. Desde la absorción de Aguilar por el grupo Santillana, solo se ha mantenido viva una de las colecciones, la de «los crisolines», que perdura con un título anual. El último, numerado como 075, ofrece La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes. Vale la pena destacar que de este catálogo exhaustivo, rehecho por María José Blas Ruiz, no han quedado excluidas otras producciones más efímeras de la editorial Aguilar, como marcapáginas y pregones. A modo de complemento sociológico de lo editorialmente menudo, también se recoge información –textual y gráfica– dedicada a documentar la presencia de Aguilar en las exposiciones del libro español durante la Segunda República, las primeras ferias de libro, la cabalgata de Reyes de 1935 –en la que Ramón Gómez de la Serna ejerció de rey Melchor–, la primera Exposición del Libro Infantil (1935) y la invención de los camiones-librería auspiciados por la Agrupación de Editores Españoles con la aprobación del Ministerio de Instrucción Pública en 1934 (págs. 129-147).

Aguilar. Historia de una editorial y de sus colecciones literarias en papel biblia, 1923-1986 contiene exactamente lo que anuncia: un nombre propio y la enumeación de una obra que supone un legado cultural aún vigente. Si en algo excede el libro a lo prometido es en el contenido iconográfico, que supone un lujoso viaje a los escenarios más significativos de la historia de Aguilar: sus distintas sedes, sus escaparates, sus puestos en las ferias del libro, sus empleados, sus talleres y, por supuesto, las cubiertas, las portadas y los cortes de muchos de sus libros emblemáticos. Los ex libris usados por don Manuel y la evolución del anagrama editorial, la lamparilla de aceite con el lema Tolle, lege, que iría haciéndose progresivamente menos figurativo sobre el lomo de los libros, completan el viaje sentimental por las imágenes de una época reconstruida aquí para ilustrar la biografía de un editor con su propia obra.

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Las derivaciones que puedan extraerse del trabajo de María José Blas Ruiz para progresar en la historia del libro y la lectura del siglo pasado no son explícitas pero las páginas de su trabajo contienen información suficiente para inferirlas. De especial valor en lo que respecta a la historia editorial reciente de España resultan los testimonios recogidos por la autora de varios colaboradores de la casa Aguilar, sobre todo los de Arturo del Hoyo. A él se deben, entre otras, dos imprescindibles ediciones que tuvieron que vérselas, sin la fortuna que merecían, con la censura de la época: las Obras escogidas de Miguel Hernández (1952) –el censor de oficio se encargó de que no fuesen completas y esa carencia es la que encubre la denuncia del título–, en la que también intervino Vicente Aleixandre, y las Obras completas –que no lo fueron, en realidad–, de Federico García Lorca (1955), con un prólogo de Jorge Guillén. En esta ocasión la censura fue más benévola con el poeta de Granada que con el prologuista: los escrúpulos del censor, que para saciarse picaron en versos de aquí y de allá de Lorca, hallaron motivos para desconfiar menos apetitivamente de la prosa de Guillén en la introducción. En consecuencia, se suprimió todo el capítulo final, titulado «Lamento». Cuando en 1986 Jaime Salinas pasó a dirigir la editorial, lo hizo con un gesto, podríamos decir, de justicia poética: a ambos, a Lorca y a Guillén, les devolvió las palabras robadas treinta años antes. De nuevo con Arturo del Hoyo como editor literario, vio la luz una edición de las Obras completas de García Lorca que por vez primera era fiel al enunciado del título. Se trataba de la vigésimo segunda ocasión que Aguilar editaba la obra de Lorca desde su salida original y resulta especialmente significativo que esa resurrección completa se deba a Jaime Salinas, recién desembarcado en Aguilar procedente de la Dirección General del Libro. El ejemplo citado puede servir como muestra del tipo de noticias vinculadas a la editorial de don Manuel que permiten extraer conclusiones culturales y ensayar un historia de las mentalidades en la España del siglo XX partiendo de la peripecia editorial de los libros. Otra valiosa vía para avanzar por ese derrotero es, sin duda, comprobar la nómina de prologuistas que presentaron, en algunos casos como una primicia y por tanto con la conciencia de saberse responsables de una recepción literaria novedosa en nuestro país, la obra de diversos autores seleccionados por Aguilar. Baste un ejemplo, particularmente revelador a la hora de establecer afinidades y gravitaciones literarias: los cuentos de Chejov prologados por Juan Eduardo Zúñiga.

La deuda pendiente en el propósito de referir la historia de la edición en la España de hace tan solo unas décadas, encontraría también un camino por donde solventarse examinando colaboraciones menos episódicas que las de los prologuistas vinculados a Aguilar para presentar un título ocasionalmente. Es el caso del ya mencionado Arturo del Hoyo, un cuentista, por lo demás, extraordinario pero poco leído entonces y ahora. Y en esa misma línea de colaboración estable con Aguilar, el de Federico Carlos Sainz de Robles, Luis Astrana Marín, Rafael Cansinos Assens, José María de Cossío, Lorenzo Riber, Blanca de los Ríos… La nómina es larga, como la deuda que los lectores tenemos contraída con la letra que estos editores literarios, prologuistas y traductores pusieron al servicio de don Manuel Aguilar para beneficio de cuantos seguimos abriendo sus libros.

Puedes ver el enlace en: http://avisos.realbiblioteca.es/?p=article&aviso=77&art=1092

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